¿A vuestras criaturas les gusta jugar a juegos en general
sin que se monte un guirigay en mitad de la partida?
Porque al pollo, no.
Desde bien pequeño, jugar con él a cualquier juego de mesa
suponía que a los 10 minutos ya estuviese llorando amargamente porque no
ganaba. Recuerdo que jugar a Feroces Vikingos de Haba ya era toda locura porque
era ver que no tenía más gemas que el resto y se echaba a llorar.
